1- Nivel electrónico
Son cada vez más los modelos de gama media y alta que incorporan un nivel electrónico entre sus prestaciones. La idea es trasladar el típico nivel de burbuja a la pantalla o el visor de la cámara con un indicador horizontal o vertical que nos permite alinear perfectamente la imagen. De este modo nos ahorramos la tediosa labor de enderezar las fotografías en el ordenador.
2- Modos personalizados.
¿Queremos ahorrarnos tiempo y dejar la cámara lista con una configuración determinada para cada situación? Disponible en muchas compactas y modelos de ópticas intercambiables, esta opción permite modificar rápidamente los ajustes de la imagen -a veces con sólo girar el dial de modos- sin tener que perder el tiempo entrando en los menús para realizar cambios. Así, podemos concebir un modo personalizado para fotografía familiar (con archivos JPEG de tamaño medio, por ejemplo), otro para tomas macro (con bloqueo de espejo y prioridad a la abertura), etcétera.
3- Histograma.
¿Dispone nuestra cámara de histograma en vivo? Si es así, debemos activarlo. Este gráfico facilita mucho las cosas a la hora de dar con la exposición correcta para cada escena, puesto que nos indica la información que le está llegando al sensor en toda la gama de tonos. En algunas cámaras también se puede ver en tiempo real un aviso sobre las zonas sobreexpuestas, de modo que es sencillo corregir la exposición sobre la marcha para evitar que ciertas partes de la toma se "quemen" con las luces altas. Por cierto: para interpretar correctamente el funcionamiento del histograma, nada mejor que echarle un vistazo a este artículo.
4- Más allá del balance de blancos automático.
Es cierto: en la mayoría de situaciones el balance de blancos automático funciona muy bien. Pero con iluminación artificial o cuando confluye en la escena una mezcla de luces la cosa se complica y las fotos pueden acabar con unos tonos excesivamente fríos o cálidos. La solución es muy sencilla: buscar la opción de balance de blancos manual, tomar una foto de referencia y listo: los blancos y los tonos de piel de la instantánea recuperarán su color real. Si nos da pereza repetir la operación, los ajustes prefijados (para flash, fluorescente, bombilla incandescente, etcétera) también funcionan muy bien.
5- Modos de enfoque.
No es lo mismo enfocar una piedra que hacer lo propio con nuestro perro. Hay que conocer todas las modalidades de enfoque automático que ofrece la cámara, desde el más básico (simple y puntual) hasta aquel que selecciona de forma automática el punto de foco y lo va modificando continuamente. Atreverse de vez en cuando con el enfoque manual tampoco es una mala idea para conseguir resultados más creativos. A veces una toma claramente desenfocada puede decir más que otra en la que todo está perfectamente nítido.
6- JPEG al gusto del fotógrafo.
Puede pasar que la configuración por defecto de los archivos JPEG de la cámara no sea óptima o sencillamente los resultados no se adapten a nuestro gusto. Por eso, nada mejor que personalizarla: contraste, saturación, nitidez, tono, reducción de ruido… La variedad de ajustes suele ser muy amplia, y aunque requiere dedicarle un poco de tiempo, merece la pena. Puede que después incluso nos olvidemos del formato RAW.
7- RAW sin tener que pasar por el ordenador.
Si somos de los que sostienen que no hay vida más allá del RAW, puede que el ordenador no sea tan imprescindible como pensamos. Y es que cada vez es más frecuente la incorporación de una herramienta en la cámara que permite revelar este tipo de archivos. Lógicamente, no ofrece tantas opciones como los programas concebidos para esta tarea (Camera Raw, Lightroom y Aperture, por citar los más populares), pero no todas las tomas precisan de un procesamiento complejo. Así pues, podemos nivelar la imagen, modificar el contraste o el balance de blancos, reparar el efecto de los ojos rojos y otras muchas operaciones sin tener que pasar por el ordenador. Del mismo modo, los archivos JPEG también pueden modificarse con diversos efectos y filtros creativos.
8- Bloqueo de la exposición.
Lleva ahí casi toda la vida, pero muchas veces nos olvidamos de este importante botón, que suele estar identificado con las siglas "AEL" y que algunos fabricantes no están dudando en erradicar de sus cámaras (otro daño colateral de la imparable miniaturización tecnológica). Pulsándolo conseguimos bloquear la exposición en un punto determinado de la escena para, por ejemplo, impedir que un retrato salga muy oscuro si hay una fuente de luz trasera. Exponer en base al sujeto principal (previa activación del sistema de medición puntual o central) y pulsar este mando es una operación muy sencilla que no deberíamos desestimar.
9- Jugar con el flash.
Los clásicos retratos destrozados por un fogonazo frontal y con el resto del encuadre oscuro lo han convertido en uno de los elementos más temidos de la cámara. Aunque es cierto que el manejo del flash requiere algo de práctica, hay opciones muy sencillas que pueden dar mucho juego. La sincronización lenta o a la segunda cortinilla, por ejemplo, nos permitirá crear interesantes efectos de movimiento y estelas en las fotos. Por otro lado, combinando un golpe de flash con una exposición lenta (lo que suele denominarse "retrato nocturno" en las cámaras automáticas) también se pueden obtener instantáneas muy creativas.
